Era de noche y hacía un poco de frío tanto dentro como fuera de la casa, al saber la noticia partimos en el auto acompañados siempre por una densa neblina. El trayecto parecía una eternidad que duro cerca de tres a cuatro horas y sin embargo no tenía frío ni sueño, si una tremenda angustia en mi corazón ya que mi mamá llora al teléfono por que decían ya habían cambiado todas las cosas del comedor a lo que yo hasta entonces no comprendía.
La sala del comedor estaba distinta: sillas negras y cafés una al lado de la otra, en el centro de la habitación en vez de la acostumbrada mesa de seis personas se encontraba un féretro que sostenía el cuerpo tibio e inerte de mi abuelo, con quien pase toda mi infancia.
Todo era llanto, desorden y una cantidad de gente que en mi vida había visto ¿mi madre? ¿Dónde se metió? Estaba bajo el nogal que había plantado en su niñez con mi tía Clara, sentada con las rodillas en el rostro al igual como lo hacia cada vez que le angustiaba algo en su infancia, sollozando una perdida muy grande.
Ricardo que estaba entremedio de toda la gente que no conocía, se acerco a mí y con una voz pausada me preguntó si quería salir de ahí ya que me vio derramando lágrimas, al escuchar su voz levante la vista pegada al suelo, le sonreí y accedí a la petición. Me tuve que sostener en sus brazos por que sentí que se me tulleron las piernas y no pude caminar en un principio de este modo salí del asfixiado lugar a causa de la multitud, ¿te acuerdas de mi?, me preguntó una vez más calmada y respirando aire fresco, no mucho la verdad, le dije mirando hacia algo que me hiciera recordar su nombre o el porqué debía recordarlo, Soy Ricardo, el hijo de Javiera, ¿la hija de mi tía Raquel?, ese mismo.
Todavía estaba nublado y corría una leve brisa a esa hora de la noche, devolvámonos me dice tomándome las manos para invitarme a levantarme, no quiero ir a la casa, me hace mal estar cerca y evitar llorar recuerdo haberle dicho mientras me restregaba los ojos, esta bien pues entonces vamos a la casa de mi abuela, dijo él; la casa de mi tía queda muy lejos, no te preocupes mi tío nos llevaría si se lo pregunto.
La casa de mi tía es acogedora, entramos y el ambiente estaba tibio y con olor a brazas calientes. Calentamos agua en la tetera mediana y nos servimos una leche y dos cafés calientes para entibiarnos, no tenía pijama así que Eric me presto uno suyo y posteriormente se apagaron las luces de la gran casa. A la madrugada comenzó a llover torrencialmente.
La mañana estaba despejada con ese olor característico a tierra mojada por la nubarrón y el rocío matutino, la vaguada costera estaba muy baja, un frío recorrió todo mi cuerpo llegándome a estremecer, fui la primara en despertar pues la verdad no dormí nada esa noche por mi abuelo, decidí ir a dar una vuelta por unos de los cerros junto a la casa: las gallinas cacareaban para poner sus huevo mientras que los perros, uno viejo y el otro joven andaban por ahí cada uno haciendo su vida sin llantos ni preocupaciones, el sol se hacia cada vez más imponente hasta que me izo sacarme la chaqueta colgada en mi hombro, dejándome con una bufanda color verde mientras seguía caminando. Recuerdo haber caminado hasta llegar a una reja de alambres de púas en donde me senté en una gran piedra lisa; poniendo la chaqueta encima de ésta estuve hasta que el perro más viejo que me seguía se poso ante mi para que le acariciara la cabeza mientras él la ponía entre mis rodillas, Vi hacia mi horizonte que eran un gran cerro verde con plantaciones de viñedos y de sus faldas se desprendía un caminito de piedras y tierra suelta hasta desembocar en una calle de calamina por donde pasaban camiones con carga maderera y un bus que pasaba en la mañana y en la noche. En unos segundos me vi acompañada de mi abuelo en la casa donde entonces lo velaban, era la siesta y él aún no se iba a acostar. La visión se fue de mi mente al escuchar los ladridos del perro más joven que venia corriendo hacia mí y un poco más atrás se podían sentir los gritos de los chiquillos llamándome.
Alengüei
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